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Claude Steiner y el poder por Francisco Masso

Claude Steiner y el poder

¡Buenos días!

Muchas gracias, por haber venido.

El prof. Martorell me ha invitado a que hable sobre el concepto del poder de Claude Steiner, porque ambos hemos escrito sobre el poder. Yo le agradezco fervientemente su invitación, porque también Claude y yo colaboramos juntos en tres ocasiones y él tuvo a bien entregarme, personalmente, el Premio Claude Steiner que otorgaba la Asociación Catalana de A.T., que me honra.

Conocí a Claude en un seminario sobre Caricias. Entonces, yo era Presidente de AESPAT, allá por el año 1982. Después del Primer Congreso Español, tras pagar cuentas, nos habían sobrado 100.000pts. y, como no teníamos ánimo de lucro, la Junta Directiva decidió asignarlas a un taller con Claude y reducir así la tasa de inscripción.

Claude nos dijo que era Regular Member de ITAA y que no tenía intención de ascender en el escalafón. Esto nos sorprendió a muchos y despertó nuestra admiración. Era como un permiso para ser, sin etiquetas.

Luego, mucho más tarde, vino a mi gabinete dos veces más, para facilitar sendos talleres. Uno, que se realizó en la Casa de Brasil, sobre Juegos de poder y  otro, que tuvo lugar en La Cristalera, Aula Vicente Aleixandre  de la Universidad Autónoma, sobre Inteligencia Emocional, que fue el último tema que ocupó su actividad intelectual. Ya entonces, Claude había llegado a Vicepresidente de Investigación de la ITAA y lo habían nombrado Miembro Didáctico, sin mucha convicción, ni entusiasmo, por su parte.

Entrando en materia, Steiner define el poder como la capacidad de efectuar un cambio, frente a una oposición contraria, o en sentido inverso, la capacidad de resistir ante un cambio indeseable. Detrás de esta definición pragmática, hay una concepción del poder como voluntad -quiero cambiar, o no quiero cambiar- en estricto sentido nietzschiano y con idéntica metodología. Nietzsche  critica los valores del cristianismo, del socialismo y del igualitarismo democrático (bajo este sintagma, supongo yo que se refiere, sin citarlas, a las ideologías emergentes del socialismo radical, que ya se avecinaban en su época), catalogándolos como moral de amos o de esclavos. Igual hace Steiner, cuando nos habla de los tres mitos del poder:

1.- Todos tenemos el mismo poder (igualitarismo).

2.- No tenemos poder de ninguna clase (todo es gracia de Dios).

3.- Podemos conseguir cuanto queramos (posición maníaca de cualquier populismo).

Y, sobre todo, su teoría narrativa sobre los Juegos de poder, que clasifica como juegos de superioridad o de estar arriba y juegos de pasividad o de estar abajo, violentos o no violentos, constituye una denuncia de los abusos de poder, desde los dos extremos de la polaridad (amos y esclavos de Nietzsche). Ahí, el paralelismo es muy abultado.

Steiner se separa abiertamente de Nietzsche en la idea del Superhombre, que él sustituye por la idea de Cooperación: el compromiso de encontrar junto al otro una zona confortable de colaboración, que redunde en beneficio recíproco, no sea de suma cero, que deriva de conseguir ganar lo que pierde el otro e implante una moral diferente.

En la necesidad de organizar una moral distinta, Steiner vuelve a coincidir con Nietzsche, si bien ambos se distancian en sus propuestas respectivas. El Superhombre de Nietzsche es un señor porque es un asceta en sentido estoico; no le interesa ser objetivo, porque confía en su creatividad; como a Maquiavello,  le importa más ser prudente y fuerte que bueno; le apasiona el riesgo y carece de compasión. La Moral de Steiner habla de honestidad, lealtad, sinceridad, respeto a las diferencias, integración, amor. Por tanto, la voluntad de poder de Steiner, decididamente, está orientada a poder estar junto al otro mucho tiempo, nunca encima del otro o en competición con él, para dominarlo.

Dentro del A. T., hasta donde yo alcanzo, sólo Gloria Wilcox ha planteado que el poder sea una emoción radical, contrapuesta, simétricamente, al sentimiento de miedo. Es una geometría interesante: si la tristeza es contraria a la alegría y la rabia al amor, el miedo tiene su contrapartida en el sentimiento de poder. Cuando yo daba cursos, utilizaba este esquema de manera ordinaria, porque es sencillo y facilita el apoderamiento frente a los miedos neuróticos.

Con la modestia actual de no tener pretensión alguna, ni académica, ni de otra índole, mi concepto del poder pretende ser sistémico. Lo considero un vector de complejidad creciente: el poder de la persona resulta de un cúmulo de procesos complejos biológicos, psicológicos, psico-sociales y sociales.

Lluis Casado, en éste magnífico libro, titulado “El Análisis Transaccional ante los nuevos retos sociales”, publicado por CCS, señala como declaración previa que persona, relaciones e instituciones son tres niveles distintos de complejidadEsto es, al igual que la persona es un emergente del ser biológico, las relaciones son un emergente de la interacción entre personas y los grupos lo son de las relaciones.

A mi juicio, el poder se condensa en los tres planos, al que yo añado un cuarto, el psico-social, contribuyendo cada uno a incrementar el caudal de complejidad y la dinámica entre complejidades.

Poder biológico:

Inicialmente, en el plano biológico, el poder es una oréxis, una energía que galvaniza recursos fundamentales,  radicales, básicos. Aquí, tendría pleno sentido el concepto de Nietzsche  de la voluntad de poder, como voluntad radical de vivir. El bebé quiere vivir, naturalmente, y utiliza sus recursos naturales, su fuerza para berrear y gritar cuando su homeostasis está rota y su supervivencia amenazada.

Ante el reclamo, acuden su madre o su padre, dispuestos a calmarlo, mirándolo, besándolo, tocándolo, dándole el biberón, limpiándolo, sonriéndole. Son las primeras transacciones, orécticas las he llamado yo. Este tipo de transacciones conllevan el permiso para vivir: vivir sonriendo, cuando hay homeostasis y vivir en confianza, cuando hay garantía de ser atendido en las necesidades  perentorias. La voluntad de vivir es fruto de un proceso transaccional, no verbal, de intercambio de energías.

Sin embargo, las transacciones orécticas no concluyen en los primeros estadíos de la primera infancia. Se mantienen a lo largo de toda la vida. Por ejemplo, ustedes han venido aquí esta mañana, están ahí escuchando, o aparentándolo, y me miran. Cuando pensé esta charla, yo imaginé que algo así pudiera ocurrir. Eso me dio fuerza para seguir pensando, días antes que tuviera lugar este evento. ¿Eso es una caricia?. No; ni siquiera ahora, hay un reconocimiento estrictamente personal. Ni yo pensé este texto para nadie, ni ahora lo estoy dirigiendo a nadie en concreto. Entre ustedes y yo hay un campo de imantación, un fluido energético, que existe desde que el prof. Martorell me llamó, mucho antes que yo abriera la boca esta mañana. Tal energía flotante y difusa permitió que yo pensara este texto hace días y mantiene, ahora, el tono de mi conducta. Si hoy no hubiera venido nadie, yo me hubiera quedado anoréxico, sin fuerza, desinflado y mi imaginación habría resultado frustrada. Ni siquiera habría sido posible empezar a hablar, porque mi oréxis necesita ser retroalimentada por la oréxis de todos y cada uno de ustedes.

Alguien puede argüir: es tu imaginación, no nuestra pretendida presencia, la fuente de poder. Y llevaría razón, si no fuera que mi imaginación sólo tiene sentido y significación en tanto que está referida a este acto social. Es la anticipación de un fenómeno que, como dijera Watzlawitck, es real desde que tiene realidad en mi imaginación. En este ejemplo, es un fenómeno social, el campo de la interacción, que empieza a ser operativo como fuente de poder, desde que es imagen personal.

El cuerpo, el yo material de William James, tiene su poder. Hay una oréxis física, biológica,  que da presencia en sentido estético, promueve emociones,  inspira confianza,  facilita decisiones y conductas y afecta a las valoraciones posteriores, positivas y/o negativas. Para no herir susceptibilidades, nos iremos a los mitos: Afrodita y Helena tenían en su cuerpo un poder específico, que le otorgaba su propia femineidad y que costó la guerra de Troya. En sentido contrario, las Erinias tenían un poder muy distinto y era tan terrorífico que hasta su nombre era sustituido por eufemismos  como  Euménides, o “Venerables diosas”. En el campo masculino, Hércules, Aquiles, o Héctor figuraban también en sentido contrario a Tiresias, o al propio Diógenes.  Hay un poder de lo bello frente al poder de lo feo, del fuerte o del débil, y cada uno tiene su campo de imantación, atracción-repulsión, y sus aplicaciones.

Poder psíquico:

Antes de ser voluntad, el poder es compromiso del yo consigo mismo, una fuerza que me saca de mí y me empuja hacia el otro. Vivir, sólo vivir, vivir para uno mismo, ensimismado, es una patología del poder. Y no tener miedo, según el esquema de Wilcox, en definitiva, depende de las catecolaminas, de la testosterona secretada en contraposición al cortisol. Esto es poco romántico.

La persona que revierte toda la energía sobre sí misma es un parásito amensalístico; es decir, actúa como el hongo penicilinium o el eucalipto, que perjudican a los seres vivos que les rodean y ellos no aprovechan ese perjuicio en pro de su  desarrollo. Su ley es: yo no gano-tú pierdes. ¡Un horror de ley!. Cada persona tiene su poder; pero, el destino del poder no está en el yo, sino en el nosotros.

El poder psíquico es función de la autoestima. El concepto que cada uno tiene de sí mismo, resulta básico en orden a promover el gran fluido energético de la motivación, el drive que origina la conducta. Cualquier comportamiento humano está precedido de un monto de energía, una oréxis física, disponible para ser gastada en el desarrollo de esa acción.

La autoestima está en la base de cualquier motivación. Necesitamos cualificar nuestra valía para emitir una opinión, valorar nuestras necesidades para establecer una demanda, validar nuestra creatividad para dar solución a un problema y reconocer nuestros derechos para atender una inquietud personal. La fuerza impulsora de la autoestima es precisa para  fijarnos metas, mantener aspiraciones y dar sentido a nuestra vida.

Toda emoción, (etimológicamente de e-movere) implica un pujo de energía que proviene de dentro a fuera. El ritmo y compás con que emergen las emociones constituye una procesión del poder. Sin drive no hay conducta; y sin emoción, no hay proyecto y aun la vida misma carece de sentido.  El organismo que somos se comporta, porque tiene empuje, va hacia algún objeto que le atrae, o se aleja de aquello que le repele. Luego, desde la seguridad en sí mismo y la confianza en los demás planifica su futuro.

Las emociones sirven para orientarse uno a sí mismo y orientar a los demás y cumplen su misión cuando hacen su catarsis; es decir, cuando se expresan convenientemente y dicen lo que tienen que decir. Es decir, cuando se convierten en manifestación de poder.

El yo tiene otros múltiples poderes psíquicos que le otorgan todas y cada una de sus funciones:

-La inteligencia (inter-legere) nos permite investigar para comprender la realidad y dialogar con ella.

-La imaginación, tiene una función creadora radical, sea para construir mitos o explicaciones esotéricas, sea  para enfrentar y resolver problemas ciertos.

-El pensamiento con todo su contingente cognitivo permite analizar, distinguir, ponderar, reflexionar, es poder mental sobre el que se asienta la Weltanschaung con la que nos apañamos la vida.

-Nuestra memoria alberga el fondo insondable del aprendizaje,  las habilidades adquiridas, los hábitos y el virtuosismo conductual, que la persona ha ido sedimentando con su experiencia.

Poder psico-social:

Cuando el poder se hace palabra, ya es una realidad mostrenca, patrimonio de todos y propiedad privada de nadie. La palabra es una herramienta poderosa que:

otorga atribuciones y permisos, o los quita;

crea confianza, o la destruye;

constituye identidad, de personas de éxito y de fracasadas

establece acuerdos, o los rompe.

La palabra permite dar significación y valor a los objetos, a los actos y a los agentes implicados en cada acto. De esta manera, la palabra es una herramienta formativa de uso constante, que modela, dirige, verifica y transforma nuestra acción, como agentes a la ida y pacientes a la vuelta de la transacción. Así va relatándose la acomodación sistemática entre los interlocutores y entre los inter-actuantes.

La palabra es uno de los elementos básicos de la interacción simbólica y, desde luego, el ingrediente fundamental de la transacción, aunque ésta sea mucho más que palabras. En este sentido, permítanme recordar el concepto de transacción que suministra Herber Blumer: “Acomodación de la acción en desarrollo  de cada uno a la del otro, con objeto de conjuntar o enlazar ambas” (Interaccionismo simbólico, pág.83)

La transacción, en tanto que serie de intercambios, constituye un proceso complejo de confrontación de poderes.   “La transacción (que a mi parecer es la forma real de la interacción humana) se construye o elabora a medida que se va produciendo, por lo que puede tener una trayectoria o historial variable, dice Blumer (pág. 83, o.c.); la transacción construye la interacción y ésta a las personas.

La vida del grupo es un tejido transaccional, donde el poder se hace palabra y acción-reacción de los actores, originando proyecciones, expectativas y acuerdos, sean éstos tácitos o expresos.

La palabra agrega poder cuando  atribuye al yo cualidades, le reconoce competencias, lo confirma y retribuye con valoraciones y reconocimientos positivos y justos. Otras veces, por desgracia, la palabra es piqueta de derribo si nos hace asignaciones funestas, nos atemoriza con previsiones fatalistas, o nos hace juicios nefastos, que nos empujan al nihilismo. En ambos casos, la palabra es poder, que interviene desde dentro del yo, a favor de éste, o en su contra.

Una vez que la palabra se nos ha hecho carne, simultáneamente, nos ha introducido en el complejo mundo de los grupos. Otro sistema de sistemas, que termina configurando la sociedad. Cada grupo constituye identidad para los individuos que lo integran; es el volkgeist, la sintalidad o personalidad colectiva, que nos obliga a configurar los yos sociales de William James; tantos como grupos a los que pertenecemos y constituyen fuentes de poder y  contrapoder.

Cada persona cuenta con múltiple poderes prestados desde la sociedad, la proyección de poder que hacen los demás sobre ella, las alianzas que establece y las sinergias que desarrolla.

Como organismo, el grupo tiene un guión u obedece a un proyecto; en todo caso, nos otorga y exige pertenencia, obligaciones y devociones. Y, sobre todo, tiene vida propia, cambia y altera la configuración del Estado Padre del Yo desde luego, porque cada grupo es, necesariamente, parental y es una agente reparentalizador. El grupo modifica, igualmente, los marcos de referencia, los modos de pensar del Adulto. Y determina toda la dinámica emocional y motivacional del Niño.  Desde los grupos, seguimos sumando, restando o alterando el poder de la persona.

Así pues, tenemos que la persona, de entrada, es un sistema de sistemas, como postuló Grégoire y reafirma Casado: cada estado del yo es un sistema complejo y vivo, dotado con poderes específicos. La palabra es un poder ajeno que opera desde dentro del yo. Sobre él gravitan, además, los intereses, espurios o no, de las proyecciones, las alianzas y las sinergias, que  a su vez, pueden ser integradoras, o desintegradoras. Y, por último, las valoraciones posteriores a cada éxito o fracaso, revalidan, agrandan y aun mitifican el poder de cada persona hacia arriba, o hacia abajo.

Poder social:

Luego, el poder se formaliza, se teje en el intrincado mundo de las relaciones y se condensa en el campo de los roles, las normas, instituciones y símbolos.

El poder, cuando se hace constructo social, es un ente abstracto, que se convierte en realidad cuando crea expectativas y estados de opinión,  aplica los medios técnicos de que dispone y utiliza los medios coercitivos con los que ejerce la potestad que, previamente, se ha otorgado.

Esto lo digo sin ningún sentido paranoico, creo, porque sin la presión de los medios coercitivos,  el poder se diluye en el caos,  o se convierte en autoridad. Pero, esta última vuelve a ser de nuevo  personal e intransferible. La autoridad es propia del autor y éste, si no es un authentés, es un timador, como podemos apreciar en los acontecimientos de nuestra historia presente.

La previsión que hace Steiner sobre el valor de la democracia, resulta un tanto naif e insuficiente, a mi juicio. Dice él: Un sistema democrático ideal prohibiría los intentos de dominar a la gente y pediría que cada ciudadano utilice al máximo su poder personal. La democracia se mantiene sobre la base de la cooperación entre iguales y gracias al esfuerzo desplegado por cada individuo para promover el cambio (1981). Esto, conceptualmente, resulta maravilloso y, en pro de la autonomía de cada ser humano, abre un panorama muy halagüeño, al que yo me he adherido con mi libro “Los pilares del poder humano”.

El poder democrático tiene un origen complejo y polirrizo, actúa desde muchas raíces, que es lo que significa la palabra “polü-riza-o”. Hay tantos “demos” como asuntos a ventilar. Yo trabajé como asesor, en los entresijos de un partido político democrático y puedo asegurar que, dentro de un partido, el poder es tan impreciso y radiante como las olas del mar: mientras brilla, va y viene, empuja hacia arriba y se sumerge; la ola que viene se contrapone a la que va y entrambas se desgastan y neutralizan.

Sólo el liderazgo carismático sabe integrar y aprovechar la fuerza del oleaje, porque navega sobre él. Si no hay carisma, el poder formal es volátil, inconsistente, una estrella fugaz que transita,  ocasionalmente, sin deparar mayores beneficios.

La autoridad es la condición inherente al maestro, al magister, al que es más; mientras que el poder coercitivo corresponde al minister, al ministro, a quien es menos. Un buen líder es, sobre todo, un padre nutritivo, que integra esfuerzos y coordina sinergias. Y, ante todo, es un magister,  un promotor de sabiduría, un condensador  de experiencias útiles. Así se convierte en autoridad, de autor, de authentés, el auténtico, el carismático, que no necesita medios coercitivos.

Cuando un jefe recurre a los medios coercitivos, tiene miedo a perder la autoridad, la ha perdido ya o nunca la tuvo, y se aloja en la potestad de su cargo. Por este camino, el poder tiende a ser autocrático, que es una variante del teocrático, la gracia divina. Estos son poderes inconmensurables, tienen un origen claro, la guerra o la consagración divina (la sacré du roi), y se ejercen de forma contundente e indiscriminada, sin compasión.

Probablemente, la sensibilidad social de Steiner fue herida por el poder que se hizo real en forma de tiranía, bien camuflada bajo las apariencias democráticas de la dictadura del PRI en México, una de sus patrias, bien,  sin camuflaje alguno, desde Torrijos, Batista, Pinochet, Varela y Somoza, a Daniel Ortega, Castro y los populistas Krisner, Morales, Correa y Maduro. La autocracia iluminada no corresponde a una sola ideología, ni a un solo modelo de gobierno. En buena parte de las repúblicas de Hispanoamérica,  el espíritu de Fernando VII, de quien se independizaron, anda aún por allí, trashumante y felón.

Pero, el carisma es una oréxis personal, una fuerza catalizadora que aduna las energías del resto de los miembros del grupo y hace piña para gestar una Nación, o una colla catalana para levantar un castellet folclórico.

Las siete  fuentes del poder:

Voy a terminar rememorando las siete fuentes del poder que enumera Steiner, pares de los siete chacras. Sin duda, la teosofía formó parte de su teoría esotérica y exotérica.

1º/ Poder de enraizamiento:

Muladhara está en el coxis y es la capacidad para adueñarnos de un espacio físico, estar de pie cómodamente, sea para escalar, caminar o correr sobre la superficie de la tierra. De aquí deriva el equilibrio que nos permite la gravedad.

2º/ Pasión:

Svadhistana suele situarse en el bazo, debajo del ombligo; pero Steiner lo coloca sobre el sexo, como la pasión que nos permite construir, derruir, reconstruir y transformar. Es la energía que aviva y acelera esfuerzos infatigables en pro de obtener cambios rápidos y definitivos.

3º/ Control:

Manipura, que se sitúa en el estómago, por encima del ombligo, da la fuerza física para intervenir sobre nuestro entorno, que incluye objetos, máquinas, animales y personas, incluida la propia, para conducirlos adonde deseamos, mediante métodos adecuados físicos y psicológicos.

4º/ Amor:

Anahata, desde el centro del pecho, Steiner lo coloca en el corazón y para él representa,  una fuerza inmensa para superar obstáculos. Une a las personas, permitiéndoles trabajar juntas sin descanso y acometer las tareas más arduas.

Comunicación:

Visudda, que se sitúa en la garganta, es el poder de transmitir información, pensamientos y sentimientos, que implica tanto la palabra como la escucha.

6º/ Información:

Agña-akhira, entre los ojos, que Steiner denomina tercer ojo y lo define como el poder para reducir la incertidumbre, porque nos permite anticipar y controlar el futuro. Sería el poder de tener proyectos.

7º/ Trascendencia:

Sahasrara, es el poder que consiste en despegarse de los deseos propios y permitir que los acontecimientos sigan su curso, sin afectar nuestra integridad personal. Nos permite tomar consciencia de la insignificancia humana, sublimar nuestras carencias y mantener la esperanza en un sentido profundo del cosmos.

Es posible que entre aquellos mitos del poder y estos chacras haya un largo recorrido de sentido antero-posterior.

En cualquier caso, nunca podremos negar que Claude Steiner haya sido un Rebelde Sagrado ante el poder, desde su juventud hasta su muerte. Ha estado dispuesto a afrontar los costos que exige la rebeldía, ha mantenido el sentido crítico del Adulto para desenmascarar los mitos y juegos de poder y ha establecido las bases donde podemos soportar un modo de relación más franco y garante, para continuar la humanización de los seres humanos.

Incluso su muerte representa una voluntad de dignidad, que se ha opuesto a la agonía del sufrimiento sin esperanza, cuando la enfermedad invade todo de amargura y se convierte en tortura para uno mismo y para los demás. ¡Ojalá, siga viviendo entre nosotros su modelo de excelencia!

Muchas gracias, por su atención.